Entre dos notas

raquel-diaz-regueraQue nadie diga que no he vivido. Nadie puede decirme que la vida se ha escurrido por mis días, y por mis horas. He visto tanto en estos tres años, tanto he aprendido, que las vivencias no me caben en ese lugar donde almaceno las cosas, principalmente, cuando cuesta digerirlas. Pero me voy, otra vez, a empezar una “nueva vida”. Qué ingenuas somos las personas ¿verdad? ¿Realmente se puede empezar una nueva vida? Tal vez la vida ni empiece ni acabe quizá, es mientras se transita, que va sucediendo.

Marta, time! ―ha exclamado Nicole mientras se levantaba de la butaca que hay frente a mí, en la salita donde los miembros del Staff hacemos los descansos, a la vez que me sacaba del limbo en que me encontraba.

Ready, steady, staaaand! ― replico casi inaudible mientras levanto el cuerpo con dificultad por el cansancio que llevo puesto.

Ready, steady, stand, repito internamente mientras subo la enmoquetada escalera que lleva al middle floor. Pienso en las veces en estos tres años que habré utilizado estas mismas palabras cada vez que ayudaba a levantar a alguno de los abuelos o abuelas que viven en St. Margaret’s. Palabras que ya han quedado integradas en mi vocabulario, pienso sonriendo.

En la última hora, el tiempo parece que entra en un letargo y se resiste a avanzar. Hace once horas que he entrado por esta misma puerta. Entonces las piernas me llevaban ágilmente hacia mi destino. Ahora, fatigadas, parece que hayan perdido su norte y les cuesta saber dónde tienen que ir. Repaso la pequeña libreta de notas que llevo en el bolsillo, para rememorar las personas a las que asisto hoy y así recordar dónde tengo que dirigir mis pasos. Finalmente, me he acomodado en el exterior de la Nursing Station, encima de una de las mesas de té que ponemos entre las butacas donde hoy están sentadas algunas de las abuelitas de la residencia a la espera de la supper, la cena. El reloj de broche que llevo colgado de mi uniforme me recuerda que son las siete y cuarto y que habrá que darse prisa en escribir las incidencias del día. Cinco archivos que he puesto delante de mi, uno encima del otro. Eso sí, bajo la mirada atenta de mis longevas amigas, que poco tienen que hacer en este momento salvo observar lo que pasa a su alrededor. Pero algo ha sucedido un instante más tarde.

Ha sido al finalizar un par de registros cuando, al levantar la vista de la ficha que estaba rellenando, mi mundo se ha transformado. Cual tripulante del Apolo11 me he encontrado sumida en un tiempo ralentizado en el que todo sucedía a un ritmo donde nada podía jugar a no ser visto. Ha coincidido además que en la radio, que a esta hora solemos tener puesta, ha empezado a sonar una de las mejores versiones que he escuchado del Agnus Dei de Samuel Barber. Así, en ese espacio sin tiempo, he ido viendo todo lo quejason-bard-yarmosky sucedía a mi alrededor envuelta en una especie de burbuja, libre de juicios, de ruidos, de nada que no fuera la simple observación. A mi derecha, la revoltosa de Cassy, que posee todas las cualidades de los hermanos Marx juntos, se ha puesto un sujetador encima de su jersey y va señalando unas fotografías que hay colgadas en la pared al ritmo de su “da,da,da,” que es lo único que últimamente sabe pronunciar. Delante de mí, Addys va haciéndome señas para que, por enésima vez, le responda a su pregunta de cuándo le van a servir su taza de té. Justo a su lado, Middy vocifera un “be quiet!”, cansada de oír a su vecina mientras mueve inquietamente las piernas, que ha dejado caer de los apoyos de la silla de ruedas que buenamente la acoge. Ha terminado con un “Shut up!” justo cuando Samantha pasaba frente a nosotras, con su peluca de lado, sus andares de cowboy a punto de disparar el revólver y, cómo no, su bolsa de poliéster reciclado de Lidl, que suele llevar con ella para guardar todo aquello que le llame la atención de las habitaciones que visita, incluida la suya. Todas las miradas han coincidido en la observación de su singular desfile, de su ritmo sigiloso, de la expresión entre solemne y sorprendida de su cara; y en el mundo en el que ellas se encontraban ―pues yo me encontraba, estoy convencida, en otro mundo― se ha hecho también el silencio. ¿Qué estaría pasando por la cabeza de cada cual para haber resuelto callarse?

Emma ha salido ahora por nuestra izquierda, con su reiterado “Where do I belong?”, sacando a mis compañeras de su silencio. Pero su interlocutora en ese momento ha sido Donna, cuyos oídos decidieron cerrar con llave la puerta que daba al mundo y tirarla al fondo del mar. Tampoco tiene Emma el oído muy aplicado, y habrá intuido que jamás llegará a saber dónde pertenece, con lo que, con la paciencia de santa que la caracteriza, ha decidido dar media vuelta y se ha ido detrás del “da,da,da” de Cassy, que se va alejando por el pasillo, ataviada orgullosa con su nuevo sostén.

Bajo las escaleras acolchadas que me habían traído a mi planta hace apenas una hora para regresar a casa, mi otro hogar. Voy masticando, con una vaga sensación de vértigo, ese instante vivido entre dos notas del Agnus Dei, en un mundo perdido, en el que solamente había una mirada y un único sentir. ¿O tal vez era un mundo en el que estaban todas las miradas y cada uno de los sentires?

Esta noche, como de costumbre, imágenes mezcladas van a ir irrumpiendo una a una en mis frágiles sueños. Las protagonistas de mi tiempo sin luna vendrán a hablarme al oído para hacerme reír, para susurrarme las lecciones aprendidas y para que hagan que alguna lágrima callada se hunda en mi almohada y deje en ella impresa su alma.

¿Y dónde estará mi estimado padre que no viene a visitarme también en mis sueños?

katarzyna-bruniewska

Traduzco algunas de las palabras:

Ready, steady, staaaand: Es una expresión parecida al uno, dos y tres que usamos, en ocasiones, previo a una acción.

Staff: Personal, empleados.

Middle floor: Piso medio, planta de en medio.

Nursing Station: Sala de enfermería

Be quiet!: ¡Silencio!

Shut up!: ¡Cállate!

Where do I belong?: ¿Dónde pertenezco?

Las preciosas ilustraciones son, en orden de aparición, de: Raquel Díaz Reguera, Jason Bard Yarmosky y Katarzyna Bruniewska

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